Fui hijo único. Cuando tenía unos ocho o nueve años, acompañaba a mis padres, todos los jueves, al boliche. Me gustaba mirar el juego, pero también, entretenerme en mis cosas. Disfrutaba dibujando personajes coloridos, amigables algunos, guerreros los otros y, cuando jugaba a la guerra con mi espada invisible, aquellos personaje cobraban vida y juntos, cabalgábamos en el campo de batalla.
Sin embargo, nunca fui un buen dibujante. Por más que me esforzaba, la imagen que veía en mi cabeza, no se asemejaba (ni un mínimo) al resultado en el papel. Entonces opté por una solución: decidí que en un cuaderno de hojas blancas, escribiría una historia con esos personajes y dejaría espacios para que alguien más la ilustrara. Luego, lo dejé.
Debo decir que también hubo una serie de películas chinas que me influenciaron, las historias de los guerreros shaolín.
Fue hasta la preparatoria cuando tuve un sueño donde se me aparecía uno de aquellos personajes; sólo que era diferente. No era el “monito” amigable de mi infancia. Era un poderoso guerrero. Corría el año 1997 y entonces, ya con algunos intentos de poemas y cuentos de terror, me decidí a escribir una novela con aquellos personajes. Sin conocer siquiera las novelas épicas de fantasía, comencé una aventura a la cual le dediqué cuerpo y alma durante doce años. Me di cuenta que la historia tenía que ser de aliento largo y, al verme sin herramientas para llevarla a cabo, la dejé inconclusa muchas veces, escribiéndola una y otra vez sin obtener los resultado que esperaba.
En ese entonces, era delgado. Mi padre vivía y yo soñaba con ser rockero. Comenzaban las parrandas fuertes y dije adiós a alguno que otro amor pasajero. Mientras, luchaba con esa historia.
Escribí otras cosas: poemas que conformarían mi primer libro, La noche del Caos, algunos cuentos que, en su mayoría, terminarían en el bote de la basura, la historia de un viajero en la carretera, que se convertiría en la novela Viajeros en el umbral y otras cosas que andan por ahí.
Decidí hacer la prueba para entrar a la Escuela de Escritores de la SOGEM, con el único objetivo de poder escribir esa historia. Para no hacerles el cuento largo, hace unos días, terminé por fin, el primer borrador de la trilogía que conforma la historia.
Ha sido un viaje largo y agotador. De pronto, siento que me he vaciado. Siempre temí que no me alcanzaría el tiempo y hoy, siendo joven todavía, me siento feliz de haber terminado.
Por supuesto falta la enorme tarea de corregir, pero de entrada, no es fácil decirle adiós a esos personajes, a los cuales, terminé queriendo como verdaderos amigos de aventuras.
Me da cierta nostalgia pensar en dos personas en particular: mi padre y amigo, que vio mis primeros apuntes de la historia y, años después, mi maestro Jaime Casillas, a quien le platiqué de mi proyecto en una de mis tareas. Su respuesta fue:
Luis Fernando: ¡Adelante con la novela! Es maravilloso tener la imaginación para crear otros mundos y otros personajes. Qué gusto poder ayudarte en tan ardua y maravillosa tarea. ¡Adelante!
Ninguno de los dos, ni mi padre, ni Jaime, vio el resultado. El primero murió hace cuatro años; el segundo, hace uno. Ahora soy un joven de veintiocho años, ligeramente pasado de peso y ya no bebo ni sueño con ser rockero.
Debo confesar que la historia no termina aquí. Hay otro proyecto, con algunas notas en papel, para continuarla y cerrar el círculo de algunos otros personajes que fui conociendo en el camino, pero deseaba compartir mi experiencia. Es satisfactorio saber que pude aventurarme a escribir la historia y, sea buena o mala, es una historia que salió del corazón.
Que algún día se publique o no, es otra historia. Pero precisamente de historias está hecha la vida y quizá por eso, la veo con más color.
Luis Fernando
Junio, 2009
